Por tu sonrisa amarga de inmigrante nostálgico;
por tu persignar maquinal de señor acético;
por tu risa alegre de meretriz en la madrugada;
por tu borbotón de desagüe en calle abarrotada;
por tu garganta con arena de naranjo sin flor;
por tu gesto desesperanzado de aspirante actor;
por tu casa arrebolada que el río abraza;
por tu pañuelo blanco estaqueado en la plaza;
por tu reja infinita, recordatorio detonante;
por tu policía de estatua que parece aberrante;
por tu graffiti rebelde de adolescentes acráticos;
por tu plaza a puertas cerradas, infierno de los niños;
por tu aguafuerte porteña, signo sincrónico;
por tu estreñimiento del empresario fóbico;
por tu viento encrespado que se transforma en sudestada;
por tu tango melancólico, para un loco balada;
por tu poeta siglo veinte, alma de cosmopolita;
por tu silencio masoquista de quien adentro grita;
por tu carta abierta del que te pensó violento;
por tu paso pausado del anciano sin tiempo;
por tu fundación tan mítica que me parecés cuento.
Te juzgo eterna, Buenos Aires, sin mucho fundamento.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario