Aprendí a encontrar los resabios de ella en las palabras.
Un estudiante poco entrenado podría haberlo confundido con un simple amorío, excusa que, para cerebros simples, siempre fomenta la escritura. Pero yo aprendí a encontrarla. No a su yo Terrestre, que al fin y al cabo nunca fue corpóreo ni totalmente empírico. A su yo Celeste, el único presente por más volátil e incomprensible que me pareciese.
Logro hacer un rastreo pausado y sutil a lo largo y ancho de toda la obra, de todo fragmento, todo símbolo. (En esta época de lo virtual hay que saber interpretar e identificar símbolos hasta en los aparentes actos involuntarios y simples). Se presenta en nimiedades o hasta en grand gestures, pero es una constante desde el día funesto.
¿Cómo es posible competir con algo así? De hecho, ¿es siquiera plausible?
No tengo un lado celeste, me debato en la consistencia infalible de la tierra, el polvo. Lo más volátil que lograré sentir es cuando el viento sople tan fuerte que levante mis pequeñas partículas a unos centímetros de la tierra. Y aún así, seré comprensible.
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